1.20.2006

lo que se va quedando...

("el dia que Nietzche lloro" Irving D. Yalom)
Hay quienes no pueden aflojar sus propias cadenas y sin embargo pueden liberar a sus amigos.
Debes estar preparado para arder en tu propio fuego: ¿Cómo podrías renacer sin haberte convertido en cenizas?.
¡Qué interminable es la labor del intelectual, introducir todos estos conocimientos en el cerebro por los tres milímetros de diámetro del iris!.
Tengo periodos negros. ¿Quién no? Pero no me dominan. No forman parte de mi enfermedad, sino de mi ser. Podría decirse que tengo la valentía de padecerlos.
Estoy lleno de libros, libros formados ya en su totalidad. Libros que sólo yo puedo dar a luz. A veces creo que mis jaquecas son dolores de parto cerebral.
Nietzche tenía tan poco contacto con otras personas que pasaba muchísimo tiempo hablando con su propio sistema nervioso.
Mi casa es mi baúl. Soy una tortuga: llevo la casa a cuestas.
Se accede a la verdad a través de la incredulidad y el escepticismo, no a través del deseo infantil de que algo se produzca. El deseo de ponerse en manos de Dios no es la verdad. No es más que un deseo infantil. Es el deseo de no morir, el deseo de aferrarse al pezón, eternamente hinchado, al que hemos puesto la etiqueta de “Dios”.
Lo sagrado no es la verdad sino la búsqueda que cada cual hace de su propia verdad. Hay quienes opinan que mi obra filosófica está construida sobre arena: mis opiniones cambian sin cesar. Pero una de mis frases de granito dice “llega a ser quien eres” y ¿cómo puede nadie descubrir quién y qué es sin la verdad?.
La esperanza es el peor de los males. Cuando se abrió la caja de Pandora y escaparon los males que en ella había guardado Zeus, quedó, sin que nadie lo supiera, un último mal: la esperanza. Desde entonces, el hombre ha considerado la caja y sus contenidos esperanzadores como un cofre de la buena suerte. Pero olvidamos el deseo de Zeus de que el hombre siga atormentándose a sí mismo. La esperanza es el peor de los males por que prolonga el tormento.
Cada persona es dueña de su propia muerte. Y cada cual debe afrontarla a su manera. Talvez, sólo tal vez, exista un derecho en virtud del cual se pueda quitar la vida a una persona. pero no existe derecho alguno en virtud del cual se pueda privar a nadie de la muerte. Eso no sería un consuelo, sino una crueldad.
La recompensa final de los muertos es no tener que volver a morir.
¿Cómo sería una vida como la suya? Sin casa, sin obligaciones, sin salarios que pagar, sin hijos que criar, sin horarios, sin papeles que representar, sin lugar en la sociedad. Había algo tentador en aquella libertad.
Los pensamientos son sombras de nuestros sentimientos: siempre más oscuros, más vacíos y simples; Nadie muere de una verdad fatal hoy en día: hay demasiados antídotos; ¿de que sirve un libro que no nos lleva más allá de los libros?.
¿Cuál es el sello de la liberación? No avergonzarse más ante uno mismo.
Del mismo modo que los huesos, la carne, los intestinos y los vasos sanguíneos están encerrados dentro de una piel que hace que la vista de un hombre sea soportable. Las agitaciones y pasiones del alma están envueltas en la vanidad, que es la piel del alma.
Estoy orgulloso de poseer el coraje de tener momentos de depresión.
El hombre se aferra con obstinación a algo cuya realidad h llegado a desentrañar; perlo lo llama fidelidad. Encontrar que todo es profundo: un rasgo inconveniente. Hace que uno esfuerce la vista todo el tiempo y uno termina por encontrar más de lo que habría deseado.
Una persona está a punto de cruzar un puente de peatones, es decir, a punto de acercarse a otra persona, y ésta, de pronto, invita a la primera a hacer lo que planeaba. Pero la primera persona ya no puede hacerlo porque parecería que se somete a la otra: el poder se interpone en el acercamiento. Esto quiere decir que interpreta cualquier expresión de sentimientos positivos como una lucha por el poder. Extraña idea: casi imposibilita el acercarse a él. En otro pasaje dice que odiamos a quienes ven nuestros secretos y captan nuestros sentimientos de ternura. Lo que necesitamos en ese tipo de momentos no es simpatía, sino recuperar nuestro poder y anteponerlo a nuestras propias emociones.
La verdad debe someterse a un análisis psicológico personal: a una “disección moral”. Los errores de los filósofos, incluso de los más grandes, fueron causados por ignorar su propia motivación. Para descubrir la verdad primero hay que conocerse por completo. Y para hacerlo debe apartarse del punto de vista acostumbrado, incluidos el siglo, el país en que se vive, y luego examinarse desde cierta distancia.
Analizar la propia psique, no es tarea fácil, pero es obvio que la presencia de un guía objetivo e informado la facilitarían.
Usted piensa cómo sería una conversación en que nada se ocultara. Creo que sería un infierno. Abrirse a otro es el preludio de la traición y la traición hace que nos enfermemos.
Algunos, de forma periódica, tienen la sensación de que han experimentado con anterioridad ciertos momentos de la vida cotidiana. Los franceses lo llaman dejà vu: tal vez sea también una forma de migraña.

Hasta la 125…

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